viernes, 21 de abril de 2017

Los refranes de tu vida: Josep María Panades



¡Hola a tod@s!

Seguro que ya estabais echando de menos una ración de dichos populares y de anécdotas para pasar un buen rato, ¿a que sí? ¡Pues deseo cumplido! Os traigo una nueva entrega de “Los refranes de tu vida” con Josep Mª Panades (también podéis encontrarle en este otro perfil) como generoso colaborador. 

Por primera vez en el recorrido de esta sección, los refranes que nos regala el invitado están en catalán, que es como él los aprendió en el seno de su familia. De todos modos y por cortesía (no se podía esperar menos de su amabilidad habitual) nos los ha traducido también al castellano. 

Hace tiempo que conozco de manera virtual y que sigo a este narrador de lujo y estupendo compañero. Desde el principio me impresionó de él su gran meticulosidad a la hora de usar el lenguaje, su pulcritud de estilo, su corrección ortográfica y gramatical, su fluidez a la hora de contar una historia y, como no, su desbordante imaginación. No hay tema que se le resista, por eso acercarse a "Retales de una vida", que es el nombre del blog donde recoge sus creaciones literarias, es siempre una agradable y motivadora sorpresa. Recientemente ha hecho alguna incursión en el género del microrrelato, pero donde él se desenvuelve habitualmente es en el del relato, bien largo y por entregas, bien de extensión media para lo que es una entrada de blog. Yo sigo aprendiendo y viendo crecer mi admiración cada vez que le leo, por eso os aconsejo que también vosotros “os dejéis caer” por su casa. ¡No os arrepentiréis! 

Josep es una persona que pudiera parecer reservada “a primera lectura”, formal y siempre impecable en el trato; pero debo decir que con el tiempo se ha ido abriendo (o yo he ido conociéndole mejor) y nos ha ido mostrando más de sí mismo. Las estupendas reflexiones que nos regala en su blog titulado "Cuaderno de bitácora" son un claro ejemplo de ello. Allí asoma con frecuencia su sentido del humor y va tomando forma la confianza necesaria para contar cosas personales de vez en cuando. Me sigue maravillando la claridad con que expone sus ideas, lo fácil que hace que parezca eso de escribir sobre cualquier tema, incluso aunque sea para hacer una crítica. Bueno, creo que ha quedado claro que para mí merece la pena sin reservas leer a este fantástico autor, ¿no?

Aunque solo sea de pasada añadiré que la capacidad de Josep alcanza para tener un tercer blog titulado “En catalá si us plau”. Al estar íntegramente en catalán confieso que no lo sigo, pero a buen seguro que, siendo parte del trabajo de Josep, está a la altura de las más altas expectativas. También podéis conocerle mejor a través de los dos libros que tiene publicados hasta ahora y que llevan por título “Ahora que ha parado de llover” e “Irreal como la vida misma”. Se trata de dos amenos volúmenes donde recopila muchos de sus mejores relatos. Una estupenda opción a la hora de elegir lectura, yo doy fe de ello.

Y sin más demora os dejo con él y los refranes de su vida, no sin antes darle mis más efusivas gracias por prestarse a participar en este proyecto que construimos entre todos. ¡Gracias, compañero!

P.D: Si os gusta escribir y os gustan los refranes, quizás queráis pasaros por la Comunidad Literaria “Escribiendo que es gerundio” y participar en un divertido reto que hemos propuesto para “provocar” a vuestras musas. ¡Estáis tod@s invitad@s!




Los refranes de tu vida

Cuando era niño, los refranes que oía en casa tenían dos fuentes: mi padre y su madre, mi abuela, que vivía con nosotros. Por tal motivo, los refranes y citas populares que aquí os voy a referir son en catalán, pues era, y es, la lengua hablada en mi familia. Mi progenitor y mi abuela paterna eran oriundos de Lérida, mientras que mi madre, aunque catalana de adopción, era murciana de nacimiento. Vino con sus padres a Cataluña a la temprana edad de dos años. Aunque se educó en escuelas públicas donde se hablaba y enseñaba el catalán (durante la República), no recuerdo que contribuyera al acervo refranero familiar. A ella le gustaba más cantar canciones tradicionales que recitar presagios y sentencias por muy populares que fueran.

Haciendo, pues, un pequeño esfuerzo memorístico, he encontrado en mi baúl particular de los recuerdos infantiles y juveniles unos cuantos refranes que he intentado traducir al castellano lo mejor que he sabido, teniendo en cuenta lo dificultoso que siempre resulta hallar una equivalencia exacta entre expresiones populares con un origen lingüístico distinto. Ya se sabe que la forma de hablar y de pensar van de la mano, y que cada cultura tiene su forma de expresión popular. Lo malo de la traducción es que se pierde, en algunos casos, la gracia añadida que le otorga la rima. De todos modos, independientemente de lo preciso que haya sido traduciendo los refranes de mi vida, seguro que, si no todos, algunos os resultarán familiares en cuanto a la idea que encierran, pues todo refranero tiene su equivalente en otros idiomas y latitudes.

Dicho esto, los refranes más usados en casa de mis padres, y de los que guardo un vivo, aunque lejano, recuerdo, los he clasificado en cuatro grupos:

Los dedicados al trabajo y al dinero, como, por ejemplo: home de moltes feines, pobre segur (hombre de muchos empleos, pobre seguro), por aquello de que quien tiene muchos trabajos es porque va mal de dinero y en ninguno de ellos cobra lo suficiente; y és més pobre que un mestre d’escola (es más pobre que un maestro de escuela) o en su versión más dura passa més gana que un mestre d’escola (aquí el maestro ya no solo es pobre, sino que, además, pasa hambre). Aunque las comparaciones son siempre odiosas, creo que ambas afirmaciones siguen siendo, por desgracia, más o menos aplicables hoy día.

Los dedicados a las consecuencias de ciertos hechos o comportamientos, como sería: qui no vulgui pols que no vagi a l’era (quien no quiera polvo, que no vaya a la era), indicando con ello que, si no quieres problemas, no vayas donde los puedes hallar; y ese otro que dice qui no té feina, el gat pentina (quien no tiene nada que hacer, peina al gato), indicando que quien se dedica a hacer o a hablar de tonterías, es porque se aburre o no tiene otra cosa mejor que hacer.

Los referidos a si un suceso tendrá o no lugar, como: el que no passa en un any, passa en un instant (lo que no ocurre en un año, pasa en un instante), refiriéndose a que hay cosas que, por improbables que sean o parezcan, pueden ocurrir en cualquier momento; o esa expresión ─ aunque no es un refrán─, que dice la semana dels tres dijous (la semana de los tres jueves), para indicar, en tono de sorna, que no se piensa hacer algo o que una cosa no llegará a suceder. Lo que nunca he llegado a saber es por qué son tres jueves y no dos, a no ser que sea para enfatizar aún más esa imposibilidad o falta de disposición. Así, ante la pregunta del hijo a su padre de ¿cuándo me dejarás el coche, papá?, la respuesta airada del progenitor podría muy bien ser esta. Es decir, nunca jamás.

Los referidos al tiempo climatológico son, sin duda, los más abundantes, pero los que más recuerdo son: març marçot mata la vella a la vora del foc i la jove si pot (marzo marzote mata a la vieja junto a la lumbre y a la joven si puede), que creo no necesita clarificación, excepto que el uso del término marçot es una desfiguración lingüística y fonética de la palabra marzo con el único objetivo de hacerlo rimar con foc (fuego). Es curioso comprobar cómo en cuestiones meteorológicas, hay algunas divergencias entre el refranero castellano y el catalán; así, mientras que el mes de mayo es florido y hermoso, en Cataluña es lluvioso, pues decimos maig, cada dia un raig (mayo, cada día un chaparrón), lo que en castellano se le atribuye al mes de abril, por lo de las lluvias mil. Y finalmente, hay un refrán que, aunque hace referencia al tiempo en el mes de febrero en general, tiene una especial trascendencia en la población barcelonesa en la que resido, Molins de Rei, cuya fiesta mayor de invierno, tiene lugar el dos de febrero, día de la Candelaria, y que se conoce en toda la comarca como la fira de la Candelera (la feria de la Candelaria) y que dice así: si la Candelera plora, el fred és fora, si la Candelera riu, el fred és viu (si la Candelaria llora, el frío se va, si la Candelaria ríe, el frío sigue vivo). Así pues, en Molins e Rei todos miramos al cielo por la feria de la Candelaria porque si llueve, se acaba el frío del invierno, pero si hace sol, queda frío para rato. No seré yo, quien contradiga a la sabiduría popular, pero creo que no siempre se cumple este refrán. Este año ha sido un ejemplo de ello, pues llovió y el frío siguió.

Esto es todo, amigos y amigas. Espero que estos refranes y expresiones populares de mi tierra os hayan gustado y os hayan traído a la mente otros parecidos en castellano, gallego o euskera, pues “en todas partes cuecen habas”.

Y para cerrar esta entrada, quiero agradecer a Julia la invitación que me hizo llegar para que contribuyera un poquito a la divulgación de la sapiencia popular.



domingo, 16 de abril de 2017

Gina (V)

Si quieres leer la entrega anterior, pincha aquí


La tarde dio paso a la noche inadvertidamente y cuando quisieron acordar, tras un par de rondas de aquel delicioso licor, ambos estaban anulando sus otros compromisos para poder ir a cenar juntos. Gina solo puso una condición, y es que pagaran la cuenta a medias. “No me gusta deberle nada a nadie”, dijo con absoluto convencimiento y una seriedad que casi resultaba cómica a ojos de Alberto. “Una chica de principios, como debe ser”, le contestó él mientras posaba apenas su mano en la espalda de la chica para acompañar sus pasos. 

Pudiera ser efecto del alcohol, tenía sus dudas, pero lo cierto es que aquel tipo empezaba a parecerle realmente encantador, por no decir que se estaba acostumbrando a bucear en lo selvático de sus prolongadas miradas. No era un cabeza de chorlito, eso lo tenía claro, pero tampoco sabía exactamente qué era en realidad debajo de su fachada de profesional meticuloso y exigente. 

Alberto se guardó de proponer ningún restaurante caro de los que él solía visitar. No quería parecer pretencioso ni intimidarla, así que la dejó elegir a ella. Acabaron sentados a la mesa de una pequeña pizzería del barrio antiguo. Para Gina aquel sitio tenía su historia, toda llena de buenos recuerdos que compartió con su acompañante a lo largo de la velada; además conocía personalmente al cocinero. Se trataba de un italiano grande como un armario que, además de buena mano en la cocina, tenía voz de tenor. En las noches de verano, si se encontraba inspirado y no tenía mucho trabajo frente al horno, salía a la terraza e improvisaba pequeños conciertos para sus comensales. “Si les ha gustado, no lo olviden al dejar sus propinas, damas y caballeros”, decía siempre a la hora de los aplausos. Pero no lo hacía por el dinero, eso lo sabía cualquiera que le conociera un poco. 

La comida y el vino estuvieron a la altura de las expectativas, lo que contribuyó a que el encuentro se perfilara más que agradable. Risas y confidencias, miradas cargadas de intención y algún rubor empezaban a afianzar la naciente complicidad entre ellos. Por eso no hubo ningún problema a la hora de compartir el postre que Giuseppe les envió desde la cocina junto con sus mejores deseos y dos cucharillas. 

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Hubo algún pequeño roce de manos durante la cena, nada especial si no fuera porque ambos anhelaban la calidez de la piel del otro. También una suave caricia en el cuello de Gina cuando él, galantemente, le ayudó a ponerse su abrigo. La chica no habría podido protestar aunque quisiera, estaba como en una nube de emociones y alcohol, pero sabía perfectamente lo que hacía: meter la pata sin remisión. Ya lo pensaría mañana y se lamentaría amargamente con Martina, su confesora; ahora estaba disfrutando.

El taxi los dejó en el portal de Alberto sobre las doce de la noche, “la hora de las princesas y las calabazas”, pensó traviesamente Gina. Después subieron diez plantas en un ascensor recubierto de espejos que se empeñaban en devolverles sus sonrisas nerviosas desde todos los ángulos posibles. Pero el efecto óptico no deshizo el encantamiento y ella continuaba siendo la princesa del cuento tras atravesar el umbral del apartamento. 

“Cuanto antes tengas la muestra de la fragancia, antes podrás empezar a trabajar en el tema”, le había propuesto Alberto con brillo felino en los ojos. “Me parece bien”, aprobó ella con una seductora caída de ojos mientras asentía. Y allí estaban para recoger la dichosa muestra. Los dos sabían que era una excusa, pero es que se morían por besarse.

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Venga ya, Gina, estás de broma. Es muy temprano para tus pariditas, ¿sabes?
Bueno, si prefieres dormir a que te cuente los detalles escabrosos…
No puede haber detalles escabrosos. Estamos hablando de ti, del pijo odioso y de una reunión de trabajo.
No tan odioso después de todo El tono de su voz había cambiado perceptiblemente y Martina supo al instante que sí había una historia que contar. 
Hay que joderse. Por culpa de cosas así es por lo que las mujeres tenemos fama de veletas. Que sepas que nos has hecho un flaco favor a todas, mona bromeó risueña la pelirroja. Dame diez minutos que me lave la cara y me prepare un café. Por tu bien espero que haya merecido la pena que me despiertes.

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Gina tuvo la sensación de encontrarse muy sola en aquel gran sofá de diseño que presidía el salón, por más que Alberto solo tardó un par de minutos en volver. Traía en las manos un envoltorio de colores vibrantes que sin duda contenía el frasco de la fragancia, tal y como le había prometido. Lo dejó sobre la mesita y se sentó a su lado. ¿Nada de champán y copas?, ¿nada de música ambiente con notas acariciadoras? No pudo evitar fruncir el ceño de pura desilusión, gesto que en absoluto pasó inadvertido para el experimentado seductor que era él. Después se dedicó a desabrochar y volver los puños de su camisa con parsimonia, fingiendo gran concentración. Cuando acabó de ponerse cómodo le preguntó:

¿Y bien, Gina? La chica casi se sobresaltó; ella también había estado absorta en los gestos de su acompañante. Levantar la mirada y encontrarse de repente con sus ojos clavados en los suyos la desconcertó.
Perdona… o sea, ¿qué? La había pillado completamente fuera de juego. Quizás no debería haberse tomado las dos últimas copas de vino.
Yo sé lo que quiero desde el primer día en que te vi, justo cuando tropezaste al salir de aquella tarta horrible. ¿Qué quieres tú? 

Martina, su gran guía y mentora en los asuntos prácticos de la vida, le había enseñado que con los chicos siempre había que tener un plan B. “Nunca contestes preguntas comprometidas, Gina. Si no sabes qué decir y no quieres pasar por tonta, lánzate a la acción y haz algo inesperado”. Y eso hizo, por toda respuesta le besó en la boca. Sobre el grado de comedimiento en la acción su amiga no había dado más detalles, así que se dejó llevar por completo…

Julia C.