jueves, 21 de septiembre de 2017

Duelo a Vida




Una hermosa pátina dorada recubría las superficies de la ciudad a esa hora salvajemente luminosa de la tarde, aunque Esteban no podía apreciarla; él ya no veía más allá de la fría oscuridad de su tristeza. Hubo un tiempo en el que pretendió exiliarse para siempre en el verano de un calendario imaginario, hizo lo imposible, pero la realidad terminaba por imponerse y cada nuevo infortunio acaecido en su vida le acercaba más al invierno definitivo. Su optimismo desertó al fin, agotado, y sus ganas de volver a intentarlo, por enésima vez, no dejaron tras de sí más que un reguero de lágrimas resecas. 

No era necesario, pero había dispuesto un banquillo para salvar el obstáculo de la baranda, demasiado baja en cualquier caso para ofrecer la suficiente y necesaria protección. No importaba, él no quería protección, él quería poder encararse con la Muerte, pedirle cuentas a voces, reírse con ganas de ella si podía y después desafiarla arrojándose al vacío. No sabía si le ganaría la mano, pero al menos terminaría con los patéticos estertores de su propia existencia, con tanta angustia y confusión en su interior, con ese carrusel de médicos a su alrededor que trataban de reconducirle hacia la felicidad y hacerle “ver la luz” en un intercambio sin fin de pastillas y dinero.

Justo cuando consiguió encaramarse al dichoso banquillo sin perder el equilibrio y sufrir un “accidente”, el edificio de enfrente se interpuso entre los rayos de sol y su rostro; el cambio en la intensidad de la luz le provocó un parpadeo y le sacó del trance. Miró su reloj de forma instintiva y, comprobando que eran las seis, recordó que era la hora de su antidepresivo. 

Tendría que dejar para otro día su duelo a Vida con la Muerte…

Julia C.